Políticas de seducción.
El amor como opción política y la seducción como estrategia de acción política-comunicativa

Hace unos días, leí una entrevista que un periodista cordobés le realizaba a Lisandro Aristimuño. El periodista le pide a Aristimuño que detalle, a manera de escritor de canciones, el momento de la creación compositiva. El flaco responde:

“Lo comparo con el amor, porque me parece que van de la mano: amor y música. Es así, al menos en mi caso. Sin amor no podría vivir, y sin música tampoco. A veces pienso que las canciones me hacen a mí. Yo no las creo, ellas me eligen.”

Nuestros proyectos comunicacionales se alimentan del amor. Amor y radio nos hacen, nos trascienden como sujetos militantes. Sin amor no podríamos vivir y sin radio tampoco, y de alguna manera nuestras radios nos hacen, nos forman y marcan nuestra vida de una manera muy especial.

El desafío de nuestros sueños colectivos es que el amor contagie en distinta medida a “otros”. La creación compositiva de Aristimuño se traslada en nuestro caso al momento de creación radiofónica, y así como él lo pone en juego sobre un escenario, nosotros lo hacemos a través de un programa. Y para que el amor no se desvanezca, debemos seducir constantemente.

Nuestras radios seducen con sus proyectos políticos, especialmente a través de las cosas que ponemos en juego en nuestras programaciones. Lo que decimos en nuestras radios es la puesta en juego de esos conceptos que construimos año a año, de nuestras construcciones colectivas, tanto entre nosotros/as como trabajadores/as de la radio como con aquellos “otros” que se escuchan mientras nuestra radio esta al aire. Por eso es importantísimo, elegir una estrategia comunicativa, y dentro de ella una política de programación, que sea capaz de dar cuenta de todo lo que hemos construido colectivamente.

Para María Cristina Mata, las políticas de programación aparecen como: “la configuración global que adoptan los mensajes difundidos por las emisoras y las modalidades de producción que las posibilitan (…). En la creación de programaciones se incluyen los supuestos sobre los que se asienta la configuración programática: las ideas acerca del papel de la radio y de sus destinatarios; la naturaleza técnica del medio; la incidencia de los factores económicos y políticos que regulan su existencia. Sobre estos pilares se erige un edificio de contenidos que será el producto destinado a seducir a las audiencias y a legitimarse en un entorno comunicacional y político”. Lo que ponemos en juego cuando armamos una programación son nuestros proyectos comunitarios, alternativos, alterativos y populares, cruzados por valores democráticos, horizontales e inclusivos, formados de manera colectiva y en el encuentro con otras organizaciones. Cada cual con la especificad del espacio-tiempo donde ha nacido, de las características particulares de su entorno. Entorno que va moldeando nuestros proyectos y también lo que suena en nuestras radios.

Quienes hacemos radio, por más que ninguna enciclopedia lo contemple, somos artistas. La radio es un arte, es el hermoso arte de transmitir sensaciones a través del sonido. Y los/as radialistas comunitarios somos creadores por excelencia. No solamente de programas y cuestiones radiofónicas, sino creadores de soluciones para nuestras necesidades. Esas soluciones, y esas necesidades, tienen que ver con seguir seduciendo.

El critico de arte francés Nicolás Bourriaud, escribió en su último libro “Radicante”: “Porque los creadores contemporáneos ya plantean las bases de un arte radicante –termino que designa un organismo que hace crecer sus raíces a medida que avanza.- Ser radicante: poner en escena, poner en marcha las propias raíces en contextos y formatos heterogéneos, negarles la virtud de definir completamente nuestra identidad, traducir las ideas, transcodificar las imágenes, transplantar los comportamientos, intercambiar en vez de imponer.”

Y ahí están nuestros proyectos políticos, nuestras radios. No remiten a una raíz única, crecen hacia muchas direcciones en las superficies que se nos presentan. Somos radicantes, nuestras raíces crecen según el avance, contrariamente a los radicales cuya evolución va determinada por el arraigamiento en el suelo. Bourriaud agrega: “(…) El radicante se desarrolla en función del suelo que lo recibe, sigue sus circunvoluciones, se adapta a su superficie y a sus componentes geológicos: se traduce en los términos del espacio en que se encuentra. Por su significado a la vez dinámico y dialógico, el adjetivo radicante califica a ese sujeto contemporáneo atormentado entre la necesidad de un vínculo con su entorno y las fuerzas del desarraigo, entre la globalización y la singularidad, entre la identidad y el aprendizaje del Otro. Define al sujeto como un objeto de negociaciones.”

Para nuestros proyectos el “otro” siempre debe ser sujeto, nunca objeto. Pensar desde el amor como opción política y desde la seducción como estrategia de acción política-comunicativa nos permite construir invitaciones al diálogo como modo de vincularnos. Siempre y cuando entendamos que la seducción no es engañar, ni es agradar a cualquier precio. No es violentar, ni poseer a la fuerza.

Si seducir es presentarse bellamente a los otros, acercarse desde nuestras virtudes y potenciar nuestras posibilidades. Como en todo juego de seducción, después de la propuesta queda estar atento a lo que nos piden, a lo que se espera de nosotros.*

Gonzalo Puig. Radio Revés. Escuela de Ciencias de la Información.Universidad Nacional de Córdoba.

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